Todo empezó aquí en el Vallès. Ella vino aquí con una oferta de trabajo inmejorable, alquiló una buena casa, decidió con ilusión ampliar su familia. Ya tenía dos hijos, pero siempre había deseado tener una familia numerosa y tuvo en cuatro años tres preciosos angelitos más. Ella no pensó en lo que se le iba a venir encima, ella creía que su situación económica sería suficiente para mantenerlo todo, y la engañaron, y llegó el desastre.

Se vio aislada, sin ingresos, en una urbanización y con una familia de siete miembros que alimentar, que mantener, pagó 750 € de alquiler mes tras mes hasta que no pudo más; haciendo milagros, se convirtió en malabarista, para sacar dinero de donde fuera, para comida, medicamentos, gastos escolares, ropa, calzado, viviendo en la más absoluta precariedad, con muchísimas carencias. No tenían facilidad para trabajar, ni ella ni él, ya que cuando no tenían el coche roto, les faltaba gasolina, y cuando no, no tenían internet para echar currículums y buscar trabajo.

Y en mayo de 2018 llegó el desahucio. Usuaria de servicios sociales, apuntada en la larga lista de espera de la “Mesa d’Emergència”, pidiendo socorro al Ayuntamiento, al Consell Comarcal, todos decían lo mismo, hay dos años de espera… Se quedaba en la calle con cinco hijos, tres de ellos muy pequeños, ¡¡¡bebés!!! Su desesperación aumentaba, empezó a perder peso, mucho le dolía el pecho, había días que le costaba respirar, lloraba, miraba las montañas desde esa ventana, atrapada, sin saber qué paso dar, qué dirección seguir… hasta que un día, dos semanas antes del desahucio, alguien le dio un teléfono, un contacto, y llamó, y se encontró con un grupo solidario, sin ánimo de lucro, que la escuchó, que la apoyó, que le dio el soporte que hasta ahora no había encontrado, y decidió buscar una casa, una de tantas casas vacías, propiedades de bancos y fondos buitre, y ocuparla, para que su familia no se quedara sin techo, y este gran equipo le dio el empuje que necesitaba.

30 de mayo de 2018, 14.30 h del mediodía, ella ya tenía la casa perfecta, había buscado hasta la saciedad, reunión de equipo, todo estaba listo, entró, no lo hizo sola, no habría podido, sino con la ayuda de personas que luchaban por una causa justa, por su causa. Y entró, y se atrincheró, a la espera de las fuerzas de seguridad, no tardarían en llegar, tenía que ser firme, no los podía dejar pasar, tenía que ser fuerte, dura, concisa; y así fue, harta del sistema, no le fue difícil, y no les dejó entrar, y esa pequeña batalla fue suya, fue de todos, se podía decir que su familia ya tenía un techo.

Pero eso fue el principio, la gente se cree que ocupar por necesidad es muy fácil: “¡Ah! Le damos una patada a una puerta”. Noooo, no es fácil, estuvieron más de un mes sin luz, a día de hoy sin agua corriente, como aquel que dice, dependiendo muchas veces de Cáritas para comer, dependiendo de si tiene gasolina para desplazarse a trabajar, en una casa incómoda.

Ella tiene 39 años, trabaja desde los 16, empezó a pagar alquiler con 17 años, ha tenido 6 viviendas con esta, dos de ellas con hipoteca, ha pagado IBI, agua, luz, gas, etc. Todo lo que este sistema capitalista injusto impone, hasta que la vida le dio un vuelco, y el sistema le dio la espalda, a ella y a sus hijos, a ella y a su marido, a ella y a su futuro.

Yo la he escuchado llorar, la he escuchado romperse, he escuchado como sus tripas gruñían de hambre, he sentido como su cerebro estaba a punto de estallar de tanto pensar, he sentido su sufrimiento desde dentro, porque yo crecía en su interior, sintiendo y sufriendo lo que ella sentía, lo que ella sufría, lloraba cuando ella lloraba. Sé perfectamente cómo late su corazón por dentro, porque ella es mi madre, y yo salté con ella, yo me atrincheré con ella. Y quizás yo soy el okupa más joven de Vallserena.

Nohemí Hernández Sánchez
(Relat publicat a la Revista Vilaveu número 7)

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